24 de febrero de 2006

Miro los pequeños rostros que buscan ávidamente el fin de la noche (que sea una noche buena, que el carro quede lleno al final del recorrido); las manos que ya empiezan a dejar de ser manos de niños, hurgando en botes de basura, abriendo bolsas, sacando cartones.
En las melenas despeinadas y sucias, el brillo de la luna creciente platea los mechones de pelo negro. El carro va lento, arrastrado por un hombre joven. Quién sabe sus pensamientos. Quién sabe sus imágenes adentro, tras los ojos cansados. Dos niños revolotean al costado de los tachos o entre las bolsas de nylon tiradas en la vereda. Mariposas inquietas... como si después de todo, fuera un juego.

Paula Kindsvater
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