12 de junio de 2006

Con dejo de Edipo

Y la ves a ella, cansada de patear el mundo con silencios y cuentas que pagar; con recibos amarillos y recetas del médico. La ves pasar frente a tu sillón, ocupando el poco lugar que queda entre el trono y el televisor y antes de lanzar la impecable puteada diaria, la volvés a mirar: su pelo negro amenazado por las primeras canas; su cuerpo diminuto y movedizo, sus ojos cansados y desteñidos. La ves pasar frente a tu mirada que no sabe decirle brazos, ni estrellas, ni amor; que ya no sabe descubrirla y adivinarla en la oscuridad.

Esa mujer, que interrumpe tu romance con el fútbol y te habla detrás de la página de diario como resoplando notas de auxilio, de cariño; que hace preguntas pueriles desde la cocina; que grita cuando habla por teléfono; que lidia con los desaires de una casa de paredes despintadas y con los silencios mortecinos de un marido cansado ya de verla pasar. Esa mujer que alguna vez te inspiró un amor febril y supo hipnotizarte con sus caderas generosas. Esa, que hoy busca debajo de la cama algún vestigio de esos años, esa mujer, a veces, se parece a tu madre.
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