12 de febrero de 2009

Serie I



I
Hoy quisiera tocarte.
Arderte de noche
y mirarte los silencios
y las espinas.
Sólo esta noche
de madrugada y sin luces
quisiera que seas batalla ganada.
Porque sólo hoy y sin apuros
entrego el alma
por transpirarte.

II
Me zambullo en la maldición
irreversible de las máscaras.
Concurro a esta sangrienta llamada de tambores
hacia el mar
tan cerca de ser libre
tan pedazo de mi sangre
Te regalo cada cielo que se llueve
y algunos tangos
-de esos que arden-
Me ahogo en mi propia piel
por esto de quererte...
Pequeña vergüenza de mi carne
Silencioso orgullo de mis sábanas

III
Hallé un mar de sales
a la orilla de mis pasos.
Me detuve a contemplar el nácar
que horadaba tanto suelo.
Vi violetas arroyos gentes.
Supe con certeza, en un instante,
que me encontraba sola.
Éramos la sal y yo
lentamente
haciendo mares...

IV
Miro toda esta ausencia que me rodea
todas estas feroces máscaras
que buscan la cara que no tengo
la que perdí esa noche cuando me dejaste
tan insaciablemente sola.
Recorro toda esta cantidad de ausencia
que me ocupa el cuerpo
y me río de la brevedad de tus sonrisas
y del fascinante resplandor de tus pupilas.
Soy feliz.
Lo sentencio. Lo grito. Lo aseguro.
Por esto de transportar ausencia,
por este solsticio y esta lluvia y mañana de noche para querer.
Feliz de seguir siendo
aunque duela un poco
lo que siempre he sido.


Suplicios
Me convenzo de que existo
más allá de estos fracasos.
De la noche grisácea y de los sueños sin tiempo.
A veces creo que podría vivir en un rasgueo
en la curva de la nostalgia
o simplemente sin mi.
Puro aire.
Sublime espesura.
Y me sorprendo por esta necesidad de cuerpo.
De querer oler el libro viejo
o tocar madera joven.
Observo este dulce suplicio
en el intento de conciliar
las alas y el suelo.

(Los dos primeros publicados en Revista La Chancleta, Nº 4)
Imagen: Stencil callejero. Autor: Dolk

Publicar un comentario