11 de octubre de 2010

Pausas.

Dos bancos de dos plazas diferentes.

Un bar de comidas.

Un juego de sábanas de mi cama.



Lo cierto es que hay esquinas terribles.

Colmadas de unos recuerdos que ya no son míos

y quiero extirpar con premura. Pero los malditos resisten.



Ahí están.

Esas esquinas terribles llenas de vos.

Embriagadas de vos. Saturadas. Saciadas. Asqueadas de vos.



Lo cierto es que no es nada fácil esto de volver a andar.

Porque ahí estás. Impregnando esas esquinas que no quiero.



Ando en pausas estos días. Pausas que me fuerzan a pensar.

Pausas que me obligan a pensarte.



Lo curioso es que ya no te extraño.

–Besar otra boca siempre funciona, de a poco-.

A vos, no te extraño. Cosa curiosa y bienvenida, ciertamente.



Yo, esta noche, tengo demasiados silencios encima.

Muchos rincones que nunca dije.

Angustias guardadas.

Brumosidades e incandescencias.

A piel en flor.


Muchas esquinas terribles

llenas de vos y voces

y bancos de plazas

y camas que ya no son mías

que ya no son camas

y juegos que ya no son sábanas

que ya no son juegos.



Pausa. Pausa. Pausa.



-Yo no te extraño. A vos. No te extraño.

Ya te clausuré el decir.

Ya te maté la palabra-.



Bienvenido sea.



Quedan por resolver estos silencios. Estas bravas brumas que acechan.

Estas esquinas terribles.

Esta áspera pausa

que decido del mundo.



A todos y cada uno de ustedes.

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