7 de enero de 2011

Venganza.

“…y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura”. 

Oliverio Girondo.

Que no puedas amar.

Que al estar llegando allí te tiemble el pulso. Te agarre pánico escénico.

Que te dé miedo ser vos mismo con alguien que no seas vos. Que te dé miedo ser vos mismo. Y que te lo preguntes “¿Fui yo mismo alguna vez con alguien o es todo una farsa enorme que me monto?”. Y que sepas que te montás a una farsa. Perdón, que montás una farsa.


Que no puedas decirlo, aunque lo pienses.

Que las palabras se te atrofien antes de salir.

Que de repente ignores cómo decir te quiero, o gracias, o perdón. O "no sé cómo decirlo".

Que te arda el pecho sin explicación alguna. Y no sea infarto.

Que seas consciente de que tu inferioridad intelectual no te permite estar conmigo. Ni con personas similares a mi. Y, sabiéndolo, salgas a gritarlo por toda la ciudad… “¡Soy inferior, soy inferior!”.


Que te digan que no. Y te acostumbres a eso.

Que llores a mares. Que te conviertas en un tipo llorón y quejoso. Un trapo sucio y viejo.

Que no te soporten. Y que tus amigos estén con vos por lástima. O por costumbre, que es peor.

Que tengas la lucidez suficiente como para odiarte. Aunque no puedas decirlo.

Que quieras formar la familia perfecta con la esposa perfecta con los hijos perfectos, un varón y una nena, con el perro (macho, por supuesto) perfecto. Y que la formes. Porque siempre el mediocre se conforma con la mediocridad.


Que te duela. Que sepas que esto es para vos. Y que te duela, corazón.



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