21 de noviembre de 2014

Soñadas III

Rejas blancas.


El verano estaba recién parido en una vereda desconocida. Hacía calor. Brillaba el sol, fuertísimo, y bien arriba de mi cabeza. Iba a conocer la casa de una conocida que se había mudado hacía poco, y teníamos que charlar de cosas importantes, de trabajo.

Me miré los pies y estaba frente a una reja que daba a un pasillo con casas, una especie de calle interna. Me atendió alguien, quién sabe quién. Adentro hacía frío. Un frío terrible.

Rejas blancas con casas detrás. Casas que parecían pequeñas y lúgubres.

Me miré los pies helados, y estaba dentro de la casa de la conocida. Me hablaba de que el espacio era chico pero estaba bien. Me acuerdo que pensé que la casa era ínfima para cualquiera. Pero adentro había luz, estaba lindo, se respiraba airecito fresco y se sentía cierta calidez en el ambiente, aunque yo estaba incómoda, por la pequeñez del espacio.

Me miré los pies y estaba en el pasillo, oscurísimo, con rejas blancas.

Alguien salió a la reja de su casa. Una mujer que me miró. Tenía hecha una cola de caballo corta, de pelos blancos, era pálida y vieja. Intuí por el sonido que estaba barriendo su zaguán. Susurraba algo, despacio. Me miré los pies y la tenía enfrente.

Hay olor a muerte acá adentro- dijo.

Abrí los ojos.



Antes de ésta hubo dos más:
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