1 de diciembre de 2014

Baldosas flojas.

Siempre he tenido cierta tendencia a pisar las baldosas flojas los días posteriores a tormentas brutales. Siempre.

O a comprarme zapatos que resbalan en ciertos pisos. De hecho, hace unos años me caí por la escalera del edificio donde vivía. Hice un tramo entero de culo. Tuve el coxis sentido por muchos meses. Sentido, como decía mi abuela. Me dolía el culo, o sea. Y después de ese episodio, camino con más cuidado cuando uso mis zapatos resbalosos. Porque decidí que no los voy a dejar de usar aunque sean un peligro para mi seguridad. Son muy lindos.

La cuestión es que las baldosas flojas son un imán para mis pies. Salía del trabajo, y pisaba una, probablemente muchas veces la misma. Caminaba hasta mi casa, y en la esquina, baldosa floja. Jamás las veía. Tampoco es que andaba precavida para esquivarlas. Y, muchísimo menos, tenía idea de dónde estaban ubicadas. El día a día que nos come, las corridas, las idas, venidas, la falta de pausas, respiros, almohadas para las cervicales y yoga, hizo que las baldosas flojas fueran la última de mis preocupaciones.

Las cosas cambian, sin embargo.

Anoche llovió a rabiar. Una tormenta inesperada. Volvía a mi casa del trabajo cuando empezaron a despeinarme los primeros vientos que la anunciaban. Los manteros de la peatonal levantaron velocísimos sus puestos. Algunas personas que andaban paseando, apuraron el tranco, asustados, sin ganas de que los agarre la lluvia.
-¡Se viene el agua! –gritó un revistero a otro. Y un chico peleaba con la lona de su negocio, que no quería bajar, y la puteaba con ganas. Lona de mierda, decía. Si la lona hubiera sido gente, me la imagino cagándose de risa.

Llegué a mi casa y arrancó a llover. Justito. Abrí el balcón, dejé que las plantas saborearan las gotas. Miré el cielo cargado de agua. Y me eché a dormir bien tapada y feliz, llena de lluvia, como corresponde. No sé qué es, pero dormir escuchando la lluvia surte un efecto extraño en mí, mezcla de un pequeño orgasmo y la plenitud. Una cosa hermosa, pruébenlo.

Me levanté tarde, como siempre, y me fui a trabajar. Caminé algunas cuadras, tomé el cole, llegué al trabajo, caminé otras tantas cuadras. No hubo baldosas flojas en ninguna de las cuadras, en ningún momento. Y no era algo de lo que estuviera pendiente, claro.

Debe ser que las baldosas son un poco como la vida.

Encontramos las rotas cuando el camino no está tan claro, y anda todo nublado el mundo, y todavía no podemos dormir amando la lluvia.


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