Y si todo fuera un poco distinto. Si ese beso hubiera sido en otro momento, pero igual. Igual de dulce, igual de espontáneo, en el lugar que más me gusta… si hubieran faltado todos ellos, si sintiera que fuiste sincero, si hubiera calma.
No te soltaba, no hubiera dejado que te fueras, no cabría mi corazón, hinchado de vos, en este mundo.
Y te invento. Invento tus manos recorriendo estas soledades. Invento tu boca detrás de la noche, delante de mí, diciendo lo que no digo, sin decirlo.
Te besaría tanto.
Y la verdad es que no es raro.
Suelo amar a hombres maravillosos, pero ocupados o locos. Y me duele tanto.
Esta falta.
Esta ausencia de boca. De tu boca.
Necesito de tu abrazo, ahora. De tus manos que miman, de tu voz dulce diciendo mi nombre.
Pero no estás.
Y sin embargo yo sí estoy, acá, encontrándome con que te necesito, siendo que nunca te tuve antes.
Te besaría tanto. Te recorrería entero con esta boca.
Te haría el amor, intermitentemente, despacio, muchas veces.
Te nombraría cada tarde, como lo hago siempre, cada vez que el reloj marca las 5. Diría tu nombre de aire y entendería lo que me falta, esas pocas sílabas que me hablan de otra cosa, que no es esta soledad, ni esta mentira que me vendo a mí misma, cada día.
Por suerte existen estos momentos, donde puedo nombrarte y tocarte aunque no estés. Por suerte sé consolarme. Tengo palabras y alas. Sí. Por suerte todavía tengo todas estas palabras.
(un plato vacío en la cama, mis cigarrillos, Huerque Mapu)
ahi afuera hay otros
que no son muros (y saben que los nombro)
hoy hace pocas palabras de las que se dicen
y muchas de las que se escriben
(cuando era chica, muy, le robe el sacapuntas a un compañero de la escuela -y todavía lo tengo-)
hoy hacen ganas de hacer otras cosas que escribir en este lugar
darle nombre a lo que tengo que no se llama
(hace poco tiempo prometimos regalarnos con amigos, léase regalarnos de hacernos regalos, y sentí una cosa tan grande, tan mía, como un amor raro por gente que no conozco tanto, que me sentí egoísta)
hoy hace cierta locura y nostalgia y felicidades pequeñas
(lo cierto, lo absolutamente cierto, es que cuando quise verte no te vi, y tenía preparado todo lo que te iba a decir, las posturas, las miradas, los sortilegios hechos la noche anterior)
No existe.
No existe el relámpago ni la piel
si no los encuentro bajo la almohada
o entre mis piernas.
Es mentira este elíxir de madrugada
esta verdad de invierno
esta necesidad de vientre y abrazo.
Por mis huesos navega el semblante de un reflejo
la inmensidad de un parpadeo
y cierto rumor a vasco en mis orillas
-las que se oponen a la injusticia, a la voracidad del tiempo y el mundo-
No existe.
No existe mi carne en la dulzura de la noche
ni los otros ojos que me miran
más allá de este papel que los nombra los crea los sostiene.
De cruzar los dedos una tarde de otoño. Y justificar mi remota felicidad con hojas secas que están ahí debajo de mis pies. Afinadas y certeras, para que me canten hojas secas cuando las camine.
Buscar el sol en la vereda porque la sombra es fría en otoño. Y el sol abraza lindo, curiosamente.
Hablar de frazadas y descubrirlas, a mis favoritas, las que estuvieron desterradas por meses debajo de mi cama. Y sacarlas al patio para que agarren olor a otoño. Y acurrucarme con ellas luego para jugar a soñar durante varias horas.
Puedo convivir en paz con mis papeles y con el mundo cuando hace otoño. Mi otoño. El que me regala hojas secas y no se llueve (otoño no se atrevería a nublarse ante estos ojos).
Ahora miro la ventana mientras tomo el café con leche. Hoy en mi patio hace un otoño hermoso, descomunal.
La enredadera silva un tango mientras desparrama hojas. Y el hornero que hizo casa sobre la ventana, anda buscando hijos con su compañera.
Sí. Definitivamente puedo cruzar los dedos y justificar mi remota felicidad con estas cosas.
Sólo te pido que dejemos este parque, que abandonemos
sus municiones, sus reproches para irnos por ahí, como
cascaritas
divertidas de pálidos carnavales; hielo y materia de olvido.
Porque
entre tirones y sufrimientos, la cosa se ha puesto
tan fácil, tan fácil, que nadie
puede resolver sus entusiasmos, ordenar sus festejos.
Francisco Paco Urondo