Tan empapado de soles celestes y terrazas desiertas...
Me regocijo ante la existencia del río. De su noche caliente. De su abrazo milenario.
Camino esta calma tan colmada de pequeñas verdades, de magníficos misterios.
Me rompo en este abrazo que acabo de nacer, entre palabras, para usted
Poeta del Ah!mor... que será de vos allá donde hayas ido, imagino que directo al corazón de una palabra, como decía Paco. Allí donde tu alma, l’alma se sienta completita y cantora,
como lo era cuando habitabas estas latitudes...
Vamos a extrañar un poco bastante tus abrazos de río y niebla, de amigo y hermano
Y tus palabras, tanto tanto, nos van a faltar tus palabras...las del amor las del agua las de la vida, esa que tanto te sobraba
Te abrazo, desde este lado del río al que supiste cantarle con unos pocos versos
Las despedidas, rompen, por eso te saludo. Tiro una botella al infinito para que la encuentres
-adentro hay varias palabras, de esas que te pertenecen-
Te vuelvo a abrazar en esta escritura, que te corona, hermano, debajo de los vaivenes de la noche.
A Horacio
Poeta en la terraza... A Mario Poeta de acá enfrente...
La cachiporra tendida en el estómago. Me cuesta imaginar que un hombre o mujer con cachiporra pueda amar. A veces pienso que debe ser un amor menos humano, o menos intenso. Un amor muy lejos de nosotros, los que para pegar usamos las manos.
Un hombre que se llama Santiago, ponele, (porque me gusta ese nombre) sabe descubrirme en otro mundo. Y esto de que no haya frío cada vez que me toca. A veces creo que me falta tanto para aprender a amar que me agarra nostalgia de futuro. Una nostalgia muy lejos de esta vida de ahora, esta vida que me sobra, me envuelve, me enamora.
La guitarra ardiendo en la garganta. Me resulta fácil imaginar que un hombre o una mujer con guitarra en las manos o en el corazón (que son los más) sepan amar. Si tiene música en los dedos o en el alma, debe amar de formas indescriptibles, casi asustadizas. De formas que nosotros, los que llevamos la mitad del mundo preguntándonos por el amor, no conocemos. Y eso me da ganas de saber, de explorar.
Bajo este cielo de otoño hay otro nombre, uno que no es Santiago ni está cerca, y no se si me llama, o si quiere llamarme. Un nombre que me deslumbra. Que si dijera ese nombre no abarcaría tanta poesía. Un nombre que me hace fuego a la noche y a la mañana cambia. Un nombre ciclotímico. Un nombre de azufre, de dedos, de sal.
El alma sobrando en los poros.
La soledad en compañía.
Con esto no tienen que ver las cachiporras ni las guitarras. Con esto de saberme esta que soy. Esta que soy y que busco no sabe de tipos de amor. Se abraza a distintas figuras que no son ni viento ni estatua. Se enamora de besos tristes. Se besa de sombras. Y se viste de arrullos buenos que no son ni van a ser. Esta que busco y que soy se pierde de palabras que faltan.
Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el "Granma", ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces. Y en eso sus enemigos tienen razón.
Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió seiscientos treinta y siete atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria, y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.
Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.
Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.
Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.
Hay ciertas cosas que tengo que decir ahora. No después. Después es un invento, una mentira descomunal.
Hay cosas que hay que decirlas aunque suene a destiempo, aunque huela a viejo (a veces hace mucha falta).
Después no porque después es mucho tiempo, una violencia nauseabunda, una esperanza que pincha y se aleja. Cierto calvario de esperanzas sin precedentes. Sin garantías.
Después es la mentira, es el olvido, la postergación, y esas son cosas que tenemos que empezar a fusilar, de a poco, con cuidado, con mucha poesía, con mucho abrazo.
Y después no hay nadie. Ni vos, ni ellos, ni yo.
Después nos va a encontrar hoy mismo. Cuando salgamos a mirar el mundo y nos duela un poco y nos queme bastante.
Por eso hay cosas que tengo que decir ahora.
Ahorita mismo vamos a decir feliz año nuevo. Y tenemos que creerlo: Este año debe ser feliz.
Sin bombas en Gaza, sin genocidas sueltos, sin chicos muriendo de hambre, sin menores imputables.
Este nuevo año tiene la obligación de ser un año feliz. En el que se fue tuvimos que parir algunos corajes, conocimos miedos indecibles, nos bancamos infamias, la corrupción absoluta, deslealtades, rencores, insultos. Nos bancamos mucha mala suerte, mucha mala leche y demasiadas muertes, demasiada negrura de antemano.
Pero supimos sostener la palabra. Y gritar justicia cuando estaba hecha, cuando hacía mucho tiempo tendría que haber estado hecha.
Siempre pienso que más tarde y lejos de ahora, sólo va a quedar la palabra. Y es justamente lo que va a importar: Que siempre, siempre podamos decir gracias.
Asi que tambien tengo que agradecer algunas cosas. Gracias a toda esa gente que me hace libre. Gracias por todas esas hermosas noches y días entre conocidos que se aman, entre amigazos de los que hay pocos. Gracias por este calor inédito que me da sentirme parte de algunos, de querer a mucha gente, de vivir ciertas miradas que atormentan y hechizan, de sentirme muchos en pocos abrazos. Gracias por el calvario y su delicia, por los buenos recuerdos y por los malos que enseñan. Gracias por el beso y por el abrazo. Gracias por lo inconmensurable de esta vida. Y gracias a mis amigos, a mis compañeros, que desde que los conozco me han enseñado que el mundo, este mundo, es un lugar lleno de posibles.
Nos pasaron muchas cosas y sin embargo supimos abrazarnos cuando era necesario. Supimos seguir construyendo, seguir sembrando. A pesar de las angustias, a pesar de esas palabras dichas que no se deshacen y duelen bien adentro.
Supimos querernos, saborear un buen beso, compartir la amistad –esa que se sale del cuerpo de tan inmensa-.
Supimos ser amigos, ser compañeros, ser gente que se quiere, ser gente que se admira.
Y eso basta.
Así que tiene que ser así –dicen que los años impares son buenos-.
Este año nuevito y en pañales debe ser un año feliz.
“La rayuela se juega con una piedrecita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrecita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrecita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrecita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrecita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrecita y la punta de un zapato”.
"No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mi."
"La gente se cree amiga porque coincide algunas horas por semana en un sofá, una película, a veces una cama, o porque le toca hacer el mismo trabajo en la oficina. De muchacho, en el café, cuántas veces la ilusión de la identidad con los camaradas nos hizo felices. Identidad con hombres y mujeres de los que conocíamos apenas una manera de ser, una forma de entregarse, un perfil. Me acuerdo, con una nitidez fuera del tiempo, de los cafés porteños en que por unas horas conseguimos librarnos de la familia y obligaciones, entramos en un territorio de humo y confianza en nosotros y en los amigos, accedimos a algo que nos confortaba en lo precario, nos prometía una especie de inmortalidad. Y ahí, a los veinte años, dijimos nuestra palabra más lúcida, supimos de nuestros afectos más profundos, fuimos como dioses del medio litro de cristal y del cubano seco. Cielito del café, cielito lindo. La calle, después, era como una expulsión, siempre, el ángel con la espada flamígera dirigiendo el tráfico en Corrientes y San Martín. A casa que es tarde, a los expedientes, a la cama conyugal, al té de tilo para la vieja, al examen de pasado mañana, a la novia ridícula que lee a Vicki Baum y con la que nos casaremos, no hay remedio."
"Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"
Me conformaría poder llorar de vez en cuando. No un llanto catastrófico ni absoluto ni redentor ni mucho menos.
Un buen llanto cada tanto para liberar ciertas angustias, ciertas incomodidades que me pesan, ciertas dudas de esas que molestan hasta el hartazgo.
Un llanto despacito, como a mí me gusta. Un llanto que me libere de tu boca.
Bastarían un par de lágrimas, no muchas. Algunas lagrimitas que sepan decir que ya te fuiste y que me lo tengo que aprender. Para salir a encontrar de nuevo.
Supongo que debería ser simple.
No debería demandar mas que un par de minutos, y quizás luego un vaso de vino para acompañar el logro y la desidia de encontrarme sola, otravez y comosiempre.
Pero no puedo.
Últimamente se me está haciendo difícil cumplir con ciertos errores (de esos que amaba). Y cumplir también con las decisiones tomadas desde hace un tiempo.
No creo que sea irresponsabilidad.
Creo que es la falta de alas que vengo sufriendo.
Por la decisión de un destino malvado o quizás sólo mala leche, mis alas se han ido hace algunos meses y no han vuelto.
Es una lástima. Una tristeza grande.
Antes solía volar seguido. Aleteaba este mundo cada tanto y cantaba mucho y besaba mucho y me sonrojaba más seguido. Y me gustaba la mirada linda, el verso silencioso, el abrazo compañero, el juego entre las sábanas.
Hoy vuelo bajito, lo cual es una pena porque odio estar atada al suelo por un tiempo prolongado.
En fin. Ando extrañando mis alas. Y el conformismo simple que me daría un buen llanto, no de los que inundan, pero sí de los que liberan.
Pero como me faltan mis alas grandes, prefiero que el llanto no venga por ahora. Si viniera no tendría en qué irse volando. Y tendrían que quedarse mis penitas atadas a mi lado, andando cerca, revoloteando, o peor aún, recordándome por qué andan cerca de mí.
Y eso sería una verdadera molestia. Y una sincera lástima.
Na.- Dibujo: El Principito, de Antoine Saint Exupèry
A todas las mujeres, a mis amigas, mujeres como pocas...
El pánico macho
En la noche más antigua yacían juntos, por primera vez, la mujer y el hombre. Entonces él escuchó un ruidito amenazante en el cuerpo de ella, un crujido de dientes entre sus piernas, y el susto le cortó el abrazo. Los machos más machos tiemblan todavía, en cualquier lugar del mundo, cuando recuerdan, sin saber qué recuerdan, aquel peligro de devoración. Y se preguntan, sin saber qué preguntan: ¿Será que la mujer sigue siendo una puerta de entrada que no tiene salida? ¿Será que en ella queda quien en ella entra?.
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Egipcias
Heródoto, venido de Grecia, comprobó que el río y el cielo de Egipto no se parecían a ningún otro río ni a ningún otro cielo, y lo mismo ocurría con las costumbres. Gente rara, los egipcios: amasaban la harina con los pies y el barro con las manos, y momificaban a sus gatos muertos y los guardaban en cámaras sagradas. Pero lo que más llamaba la atención era el lugar que las mujeres ocupaban entre los hombres. Ellas, fueran nobles o plebeyas, se casaban libremente y sin renunciar a sus nombres ni a sus bienes. La educación, la propiedad, el trabajo y la herencia eran derechos de ellas, y no sólo de ellos, y eran ellas quienes hacían las compras mientras ellos estaban tejiendo en casa. Según Heródoto, que era bastante inventón, ellas meaban de pie y ellos, de rodillas.
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El arte de dibujante
En algún lecho del golfo de Corinto, una mujer contempla, a la luz del fuego, el perfil de su amante dormido. En la pared, se refleja la sombra. El amante, que yace a su lado, se irá. Al amanecer se irá a la guerra, se irá a la muerte. Y también la sombra, su compañera de viaje, se irá con él, y con él morirá. Es noche todavía. La mujer recoge un tizón entre las brasas y dibuja, en la pared, el contorno de la sombra. Esos trazos no se irán. No la abrazarán, y ella lo sabe. Pero no se irán.