25 de abril de 2013

Salado I.

Dormía la siesta. Hubo algunos gritos. De repente estaba metida hasta la cintura en la mugre del río desbarrancado, de todo el río que se había metido en mi ciudad, en mi barrio, en la casa de mi viejo, de mi tío, de mi abuela, de varios amigos.
Agua de mierda, pensé. Agua marrón, agua de mierda, llena de mierda y de bichos. Asqueroso criadero de bichos. Repugnante inmundicia marrón.
Después conseguir pan. Y velas. Y cagarse a puteadas con el almacenero y el supermercadista y la señora de la rotisería que remarcaban los precios en medio del kilombo y la tristeza y la muerte. Y pasar la primera noche. Jamás tuve tanto miedo. Me acuerdo de abrazar a mis hermanos. Abrir los ojos como nunca y abrazarlos.
Tiros.
Gritos.
Agua.
Tres o cuatro días así. Con los ovarios en la boca. Viviendo de la radio. LT10 y LT9 eran la comunicación con el mundo, con ese afuera que parecía tan lejos. Tuvimos un poco de hambre. Mucho sueño. La pasábamos subiendo las cosas a ladrillos o al primer piso o donde se pudiera. Me acuerdo de mi vieja rescatando la cristalería familiar heredada desde hacía años y años, diciendo -Si nos inundamos y nos quedamos sin nada, vendemos las copas. Las vendemos y a la mierda- . 
Volaban los helicópteros, todo el día y toda la noche. Volaban tiros en el barrio. Cada noche, sonaba el estruendo de las bombas detonando la base del río, para que baje. Una, dos, tres, cuatro, cinco bombas conté. Me acuerdo de los vidrios de mi casa a punto de colapsar y las paredes retumbando, flojas.

Un miércoles salió el sol. Era un hermoso miércoles. No llovía. Ni nubes había. Ahora, a buscar a los que perdimos. De los que no sabíamos nada. El río se nos metió adentro. Teníamos que nombrar. Llamar. Buscar. Había tanta gente en las calles. Durmiendo en Avenida Freyre. Sin nada. Gente sola, solísima y triste.

Abrazar, abrazar, abrazar. Se convirtió en cotidiano, en necesario. Y después, en costumbre, claro. Si no te veo más, acá está mi abrazo. Y si te veo siempre, te abrazo porque necesito decirte que te quiero o que gracias o qué suerte que estás.
Ayudar, como se pudiera.
Limpiar la mierda.
Servir comida.
Juntar ropa.
Barrer.
Sentir este odio tan profundo por los hijosdeputa que dejaron entrar el río en mi ciudad y mataron tanta gente y se cagaron en la vida.
Las crucecitas en la plaza son nuestros muertos. Pero también son las casas perdidas. Las fotos de los hijos. Los muebles. Los útiles de la escuela. Los libros.
Los hijosdeputa siguen sueltos. Reutemann. Balbarrey. Todas esas lacras. Tarde o temprano la justicia los va a condenar, como corresponde.
Mientras tanto, hubo que armar de nuevo.
Revolver la mugre. Tirar. Construir.
Volver al primer miércoles de sol, después de la mugre marrón.
Todavía hoy, diez años después.


Foto de Periódico Pausa



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